Mi felicidad también depende de Zapatero

Publicado: 20/01/2009 08:57 por mestizo en OPINION

 

Interesante artículo del héroe Punset, sobre todo en lo que atañe a la relación de la sociedad civil con la política. Porque la política no se abre, mercadea desde un punto de vista de coto cerrado, de familias... Y lo mismo hace la Universidad, con sus camarillas y sus inertes monstruos paleontológicos  . Y como nos ha enseñado la ciencia, el mestizaje, la mezcla, hace evolucionar al ser humano. Y la política, huye del mestizaje centrándose en Oligarquías tan viejas como la propia humanidad. Y huir de tener las puertas abiertas hace huir también a la novedad, al progreso social al fin y al cabo. Cualquiera que haya estado metido en un partido político, en el cual se cierran puertas a los librepensadores, sabe de lo que hablo.

 

 

MI FELICIDAD TAMBIÉN DEPENDE DE ZAPATERO, por Eduardo Punset

Quién no se ha encontrado alguna vez con el dilema de tener que elegir entre la opción utilitaria de no defraudar los compromisos adquiridos con el estamento intocable del soporte material existente, como la familia, los amigos y la empresa, o la entrega a los impulsos de una emoción incontenible, como un viaje planetario o un gran amor? Es decir, asumir la postura fruto de la moral adquirida o, por el contrario, dejarse embelesar y disfrutar de un sueño.

La sugerencia de muchos divulgadores científicos respalda –lo siento, querido lector de esta columna– una posición inquietante: la de que el éxito, o en definitiva la felicidad, no depende de un solo factor, como los genes que lo hayan conformado a uno, la dieta, el hemisferio en el que nos ha tocado vivir, el trabajo o la buena salud, sino de algo mucho más complicado. Lo que están poniendo de manifiesto los últimos experimentos efectuados al respecto es que la armonía y el sosiego individual no dependen de opciones individuales que sólo atañen a la persona observada. Más allá de la persona, resulta que su felicidad y sus ánimos dependen de los valores del mundo que habita y del entramado pergeñado con los demás. La felicidad, en definitiva, va mucho más allá del comportamiento individual y depende de la organización social.

Lo anterior invalidaría una convicción personal que he sentido desde la infancia: a pesar de su atractivo a nivel mental, la política es irrelevante a la hora de conformar la vida social. ¿Por qué? Es un mercado en donde las barreras de entrada son prácticamente infranqueables –todavía más en Europa que en Estados Unidos– y donde la competencia y, por lo tanto, la innovación no son posibles. Los economistas hemos aprendido desde que nos enseñaron el abecedario de la economía que sin libertad de entrada en cualquier mercado no hay competencia; sin competencia no existen incentivos para innovar, y sin innovación no hay progreso. Comparado con la tormenta cerebral y con la intensidad de las interrelaciones en la sociedad civil, el campo funcionarial es un páramo inerte.

Ahora bien, la situación sería muy distinta si el impacto de la organización social, por pequeño que fuera, alcanzara al estado de ánimo o salud individual; si nuestra vida individual también dependiera, en definitiva, de la política. Estamos descubriendo que mi bienestar individual depende de que los sistemas educativos estén más en consonancia con la modernidad, de que las políticas de seguridad consigan lidiar adecuadamente con la violencia urbana o de que, cuando lo reclame mi sosiego, pueda acceder a un medio público de transporte rápido y silencioso. La noticia de este año nuevo es que mis sentimientos individuales dependen también de lo que decida Zapatero. Ésta es la noticia de verdad; todo el resto es chismorreo.

Lo anterior no quiere decir que la psicopatía de algún antepasado probablemente también haya aflorado en mi elenco de decisiones cada vez que haya optado por la alternativa interesada, objetiva y utilitaria, en lugar de hacer caso de la opción dictada por las emociones. Recientemente han sido varios los estudios sobre los procesos psico neurobiológicos subyacentes a esas decisiones. Pero ésta es otra cuestión, vinculada a la anterior, pero distinta.

Mi triste mensaje de año nuevo consiste en aceptar –con toda la humildad que comporta la práctica del método científico– que mis sentimientos individuales no dependen de mí únicamente, sino también del entramado político que los demás están orquestando para mí. Cuando me acueste por la noche y pase revista con mi almohada a las cosas que me han afectado, tendré que pensar no sólo en mis genes, mi dieta o el clima, sino también en Zapatero.

 

 

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