Mi tierra no conoce galernas ni mareas,
mi tierra la recorren arroyos de agua seca.
Cuando entre las sabinas sople la ventolera
no dejaré que pueda conmigo la tristeza;
cuando por los poyales se levante la niebla
vendré andando el camino con la esperanza a cuestas.
La encontraré serena, la encontraré despierta.

Mi tierra no se ciñe inútiles fronteras,
sus sierras son ventanas y veredas abiertas.
Los morrones se asoman al umbral de la muerte,
sus cabezos dibujan cuerpos adolescentes.
Las vales nos cobijan, los valles se retuercen,
y en medio de su vientre, a vista de paloma,
una fuente que drena la negra cordillera.

Para escuchar silencios, mi tierra a veces calla,
carlistas y templarios acunan sus fantasmas.
Pero despierta, airada, cuando le duele el aire,
y levantan sus voces los ríos y los árboles;
conmueve sus entrañas el batir de tambores,
y hasta el carbón estalla en humos de gigante
para decirle al cierzo que este paisaje existe.

Acaricio las canas del viejo Javalambre,
y en los riscos de Gúdar bebo el agua de madre.
Cuando entre las sabinas sople la ventolera
no dejaré que pueda conmigo la tristeza;
cuando por los poyales se levante la niebla
vendré andando el camino con la esperanza a cuestas.
La encontraré serena, la encontraré despierta.

José Luis Simón

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