En las últimas décadas hemos vivido, por diversas razones, un atractivo empuje en lo que a nacimiento y desarrollo de proyectos culturales locales se refiere. De entre todos los modelos de asociaciones surgidas me gustaría detenerme en el modelo de los Centros de Estudios, si es que realmente existe un modelo único.

 Hasta los años 90 del siglo XX la estructura de dichos centros en la provincia de Teruel era de alguna manera “tutelada” en lo económico por el Instituto de Estudios Turolenses. Así pues, media docena de centros territoriales recibían una aportación anual que les permitía a su vez conseguir más recursos y programar sus actividades. Esto no quiere decir que todos los centros fueran iguales ni aportaran lo mismo al tejido socio-cultural del territorio. Así, sin centrarme en nombres concretos, los había muy “académicos”, con poca estructura social y gran aporte científico, y los había “dinamizadores”, cuyo objetivo no sólo se centraba en la investigación y el núcleo duro de los “intelectuales” sino que aspiraba a un aporte más global al desarrollo cultural del territorio.

 Por su parte, el IET continuaba con estructuras sólidas e inamovibles, y pronto se demostró que no supo (o quiso) adaptarse a las nuevas circunstancias que surgían con comarcalizaciones y propuestas locales. Su exceso tecnocrático-político, controlado por una o dos personas desde dentro, suponía (y supone) un lastre en lo que a la apertura y transparencia se refiere.

 

Por el contrario, los factores tecnológicos y de socialización territorial impulsaron los centros locales y comarcales, cuya principal aspiración en principio fue disponer de esos recursos que ofrecían a los centros adscritos y que pronto tendieron a la firma de convenios con comarcas y ayuntamientos que posibilitaran su trabajo por el territorio. Así pues, las nuevas tecnologías abarataron, y mucho, los costes de gestión y de edición de materiales. Y la socialización emprendida por gente con formación y con ganas, unido a dinamizadores natos del territorio, generó un tejido del cual hemos recogido frutos y proyectos de esos que algunos llaman “buenas prácticas”.

 El Grupo de Estudios Masinos fue un buen ejemplo (pionero además) de propuestas culturales imbricadas en el territorio como desarrollo local del mismo. El Jiloca era otro ejemplo de gran empuje social con sus centenares de socios. Por nombrar sólo a dos instituciones referentes.

 Y así fueron naciendo entidades en Andorra, Híjar, Maestrazgo, Bajo Aragón, Albarracín…

 

Los resultados están ahí y no hace falta más que hacer una búsqueda rápida o preguntar. Por poner el ejemplo que más conozco, el de Híjar y su comarca, a través del Centro de Estudios se han multiplicado (y digo bien) las publicaciones de la zona, que hasta hace sólo una década se podían contar con los dedos de una mano. Se han desarrollado centenares de propuestas, desde excursiones culturales y divulgativas al territorio pasando por jornadas de gran nivel académico o propuestas novedosas relacionadas con el cine, recuperación de tradiciones y música popular, revistas locales, opinión y debate,  trabajo con los recursos endógenos, la dinamización socio-cultural, etc …

 Y, lo mejor de todo es, que pese a las crisis económicas que todo lo tapan, la construcción de masa social emprendedora es algo que supera los ciclos y el pesimismo.

 Por supuesto hay mucho que mejorar. Hay que mejorar la cercanía a la ciudadanía, el problema eterno de la participación de socios y entidades, la construcción de proyectos inter-centros que, salvo dignas excepciones, siguen sin funcionar, etc…

 Pero que duda cabe que en las políticas culturales locales donde los centros han irrumpido existe un antes y un después, desarrollado y gestionado por gente cercana y del territorio que ha podido desarrollarse pensando en su tierra… ¿hasta cuándo?

 

 

Víctor Manuel GUíu Aguilar

Colectivo Sollavientos

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